Al  igual que sucede con otros oros ‘de colores’ como el también famoso oro rosa, hablamos fundamentalmente de aleaciones en las que el oro es fundido con una proporción menor de otros metales. La idea es conseguir una fórmula que ofrezca un aspecto atractivo, en especial por su brillo, y unas cualidades apropiadas para su uso en joyería.
 

En el caso del oro blanco existen distintas posibilidades de aleación, pero el metal más utilizado es el paladio, que tiene unas propiedades químicas similares a las del platino. A menudo puede encontrarse también una pequeña parte de plata. Anteriormente era común el uso del níquel, que no obstante ha caído en desuso por su potencial alérgeno. Los metales elegidos se funden con precisión a una elevada temperatura, por encima de los 1.000 grados si hablamos de oro y paladio.

Como ya hemos explicado anteriormente en este blog, los quilates son la medida que nos permitirá conocer la proporción de oro dentro de la fórmula: por ejemplo, una pieza de oro blanco de 14 quilates contendrá en torno al 60% de oro. A todo ello se suma a veces la aplicación de una capa externa de rodio, que contribuye a conseguir el acabado brillante que se desea. Debido a estas variaciones que encontramos en su composición, la tonalidad y el brillo del oro blanco pueden variar ligeramente.